Malaria

Malaria

La malaria o paludismo es una dolencia  transmitida al humano por el parásito Plasmodium a través de la picadura de una hembra adulta de mosquito Anopheles a través de su saliva, principalmente en las horas entre el atardecer y el alba. El  Anopheles es sustancialmente antropofílico, lo que quiere decir que prefiere como fuente de alimentación mayoritaria a los seres humanos, a los cuales contagia de cuatro especies diferentes de parásito Plasmodium según el tipo de Anopheles de que se trate. Dependiendo si una persona es contagiada por P. falciparum, P. vivax, P. malariae o P. ovale desarrollará una clase diferente de malaria más o menos grave. De cualquier manera, las cuatro cepas tienen como reservorio natural al ser humano, por lo tanto, el ciclo de contagio empieza y acaba en él, como en el caso del dengue. Comienza entonces cuando el vector pica a una persona infectada con Plasmodium para luego alimentarse de otra sana a la que le transmitirá el parásito y en último término la enfermedad. El contexto en el que se produce el ciclo es en gran medida selvático y de carácter rural. Se han registrado comportamientos de Anopheles tanto endofágicos como exofágicos (que se alimentan tanto dentro como fuera del domicilio), por lo que también es importante el control en el interior de los domicilios. De igual forma, como la práctica totalidad de la familia Culicidae, su cría y desarrollo larvario tiene lugar en el agua, así que es fundamental controlar las aguas estancadas y sucias como medida de prevención contra la enfermedad. Los insecticidas y el uso de repelente también cuentan entre las medidas antipalúdicas, pese a su toxicidad y a la resistencia que el mosquito ha presentado a algunos de ellos.

La malaria evoluciona en el organismo humano a partir de la entrada e inmediata migración al hígado de los parásitos. Una vez allí, se multiplican rápidamente en las células hepáticas para después pasar al torrente sanguíneo. Pasados entre 7 y 15 días, más o menos el período de incubación (que está asociado a factores como la temperatura externa y por ende variables de tipo estacional según los territorios), hacen su aparición los primeros síntomas, véase dolor de cabeza, vómitos o fiebre, quienes pueden ser confundidos con otros signos de tipo vírico. Sin embargo, una señal que identifica claramente al paludismo son las crisis febriles intermitentes con temperaturas que alcanzan los 40 grados. Cabe aclarar que la forma de manifestación clínica está supeditada al tipo de plasmodium que se contraiga, siendo el P. falciparum el que produce el tipo más severo de malaria, esto es; malaria cerebral, hemorragias internas y externas, destrucción del bazo y anemias por secuestro de glóbulos rojos etc. Las víctimas primordiales de este tipo de manifestaciones son niños, embarazadas y pacientes inmunodeprimidos (sobre todo enfermos de VIH). En tal caso, la detección temprana de la dolencia es vital, dado que, pasadas las primeras 24 horas, la infección por P. falciparum posee unas altas tasas de mortalidad. Por otro lado, en aquellos países en que la malaria cuenta con cifras de endemicidad muy elevadas, es relativamente normal que las personas se puedan llegar a contagiar un número de veces considerable y con diferentes cepas, factor que les hace desarrollar una inmunidad parcial. Además, los enfermos infectados con P. ovale y el P. vivax suelen reproducir la enfermedad pasado cierto tiempo debido a que las citadas cepas permanecen latentes en el hígado y son necesarios tratamientos especiales para eliminarlas definitivamente.

El tipo de tratamiento contra el paludismo que existe en la actualidad es muy variado, siendo tradicionalmente el más popular la cloroquina. En los casos de contagio por P. falciparum el tratamiento más eficaz es el combinado basado en la artemisinina. No obstante, la resistencia que muchas veces termina por desarrollar el parásito a los antipalúdicos es el principal problema a que se enfrentan los paliativos. Ante todo, la OMS recomienda, siempre que sea posible, administrar el tratamiento en base al diagnóstico con métodos parasitológicos. Igualmente, se cuenta con una profilaxis recomendada a todos aquellos que visitan zonas endémicas, pero la toxicidad de la misma hace imposible la continua ingestión para aquellas personas que viven permanentemente en zonas endémicas. En lo tocante a vacunas, todavía no hay ninguna aprobada por la OMS pero la llamada RTS,S/AS01 se halla en ensayos clínicos en este momento y presenta alentadores resultados.

Cada año en nuestro planeta esta afección parasitaria se cobra en torno a 700.000 vidas, de las cuales un porcentaje aproximado del 75% resultan ser niños menores de 5 años procedentes, sobre todo, de zonas endémicas del África subsahariana. En el año 2012, por ejemplo, se registraron unos 207 millones de casos globales, sin embrago, la nota positiva es que la tasa de mortalidad por malaria se ha reducido en más de un 45% a nivel mundial desde el año 2000 hasta ahora, pese a factores claramente agravantes como la deforestación de las selvas tropicales. Cifras todavía más esperanzadoras se han publicado para Colombia, que ha conseguido una reducción del 75% y sigue en el esfuerzo por aumentar el porcentaje. Todavía siendo un gran avance a escala planetaria, el paludismo continua teniendo unas estadísticas que la convierten en la primera enfermedad debilitante del mundo. No se puede olvidar que en África la problemática posee tal envergadura que cada minuto que pasa un niño muere enfermo de malaria.

Desde el origen de los tiempos se tiene constancia de registros referentes a la malaria, razón por la cual es ampliamente aceptada la teoría de que el patógeno ha acompañado al hombre desde el inicio de su especie. Otra hipótesis baraja la posibilidad de que transitara al humano a través de los primates. Pasando por el antiguo imperio chino, los egipcios o los griegos, se han plasmado en los escritos de la humanidad síntomas palúdicos. De hecho, tanto en la civilización egipcia como en la griega se poseía la creencia de que el mal era causado por emanaciones pútridas, de ahí la nomenclatura (paludismo viene del latín; relativo al pantano, y malaria del italiano medieval; mal aire). Hasta tal punto estaban convencidos de su razón, que el médico y filósofo Empédocles llegó a secar un pantano para frenar una epidemia. Fue Hipócrates el primero que distinguiría los signos característicos de la malaria y la establecerla como enfermedad diferenciada. Sea como fuere, los primeros estudios científicamente identificativos como tal corrieron a cargo de Charles Louis Alphonse Laveran en el año 1880, quien afirmó, por primera vez en la Historia, que un protozoario era causante de una enfermedad, identificándolo en los glóbulos rojos de personas infectadas con paludismo. Poco tiempo después, Carlos Finlay propuso a los mosquitos como vectores de malaria y, casi un siglo más tarde, ya en 1898, Sir Ronald Ross consiguió demostrar, gracias a los trabajos que estaba realizando en la India, que la malaria era transmitida al hombre a través de los moquitos.