Leishmaniasis

Leishmaniasis

La leishmaniasis es una enfermedad transmitida al ser humano por el parásito Leishmania a través de la picadura del mosquito Lutzomia en el Nuevo Mundo, por la del Phlebotomus en el Viejo Mundo. Endémica en 99 países del planeta localizados en las zonas tropicales y subtropicales, la leishmaniasis puede tomar tres formas clínicas diferentes dependiendo de la especie del parásito Leishamia: cutánea, mocosa y visceral. De ellas, la forma más común es la cutánea, la cual se presenta bajo la apariencia de lesiones ulcerosas en la piel, exactamente en el lugar de la picadura del mosquito, ya que a través de la misma deposita los parásitos que se multiplican en los macrófagos de la piel. La manifestación más severa de leishmaiasis cutánea es la diseminada, la cual tiene lugar cuando el parásito entra en el sistema circulatorio y es capaz de regar ulceras por todo el cuerpo del paciente. Si se dan los tipos mocosa o visceral quiere decir que los parásitos han conseguido migrar y alojarse o bien en la mucosa (generalmente de la nariz) o bien en el bazo, provocando importantes daños en el último caso.

Colombia es el segundo país de América en casos de leishmaniasis, siendo el ciclo de trasmisión principal el selvático y rural en horas crepusculares (atendiendo al comportamiento del vector) y diferenciando entre los animales que actúan como reservorio, o lo que es lo mismo, húesped natural del parásito, desde el perro hasta los roedores y muy comunmente el oso perezoso. Cuando la Lutzomia pica al reservorio se inicia el ciclo, pues adquiere el tripanosama que luego pasará al humano.

El tratamiento actual contra esta enfermedad, basado en sales de antimonio, se está utilizando desde hace 70 años a pesar de que resulta tan tóxico como costoso y está muy poco disponible para los pacientes. Cabe destacar que, a pesar de que la leishmaniasis no es mortal salvo en algunos casos de forma visceral y sobre todo si el paciente tiene algún tipo de inmunodepresión (caso que también suele estar asociado al subtipo de cutánea diseminada), se han reportado casos fatales como consecuencia de la toxicidad del tratamiento. Según datos de la OMS, le lesihmaniasis, aún presentando unas cifras globales que rondan los 12 millones de infectados, constituye a fecha de hoy una de las enfermedades más desatendidas del mundo.

Nos topamos todavía en Colombia con un factor extra de carácter político y social que recrudece notablemente la situación y en cierto modo la hace singular respecto al resto de los países endémicos. Hablamos del llamado "estigma del guerrillero", ya que al poseer la afección un ciclo de contagio eminentemente selvático y ser este ambiente el principal refugio de la guerrilla, además de escenario de enfrentamientos entre la susodicha, paramilitares o ejército, es muy frecuente que muchos integrantes de todos estos grupos contraigan la enfremedad. Dejando la leishmaniasis cutánea cicatrices vitalicias de las úlceras aún cuando se consigue eliminar el parásito del organismo, las marcas se convierten en estigmas sociales en ocasiones muy graves que pueden constituir un verdadero problema cuando se trata de población que vive en o se desplaza desde zonas controladas por la guerrilla, llegando incluso a poner en riesgo su vida. No es este sin embargo el único perjuicio que ha traído la guerra con respecto a la dolencia, sino que la enorme cantidad de desplazamientos poblacionales que ha conllevado durante los largos años de conflicto también han influido en la propagación de la enfermedad por muchas áreas del territorio donde antes no existía y en el inevitable aumento del número de casos. Para más inri, factores asociados al cambio climático o a la desforestación de las selvas colombianas, incrementan notablemente la expansión de la leishmaniasis. 

Pese a todo, desde programas de enfermedades tropicales como el PECET, organizaciones de salud y ONGs, se está haciendo un esfuerzo en pro de la búsqueda de medicamentos menos nocivos que puedan curar la leishmaniasis e incluso desarrollar profilaxis o vacunas contra el parásito leishmania en un futuro, con resultados, hasta ahora, bastante esperanzadores. Inclusive, como parte importante de la lucha integral contra este padecimiento, se busca la educación de los ciudadanos y su concienciación respecto a las nefastas consecuencias sociales que puede acarrear. Entre los proyectos destacados, el PECET forma parte de una alianza con la ONG internacional DNDi (Drugs for Neglected Diseases Iniciative) para dar a luz un nuevo medicamento, una crema llamada Anfoleish que combate la leishmaniasis cutánea. En estos momentos, Anfoleish se halla en proceso de ensayos clínicos en nuestro laboratorio.

El origen de este mal todavía no ha podido ser esclarecido, sino que más bien existen diversas teorías e investigaciones al respecto. Entre las más aceptadas está la que sitúa el principio de la enfermedad en África y su paso a las Américas a través del Viejo Mundo por el estrecho de Bering. Sea como fuere, el primer reporte de la afección como tal nos traslada al territorio del actual Iraq a principios del siglo XVI. Sin embargo, tendrían que pasar cuatro siglos para que en 1901 William Boog Leishman observara cuerpos ovales en el bazo de un paciente muerto en la India debido a lo que por aquel entonces era conocido como kala azar, lo que hoy llamamos leishmaniasis visceral. El protozoo causante de esta última fue denominado leishmania donovani en honor a Charles Donovan, quien contemporáneamente a Leishman había descubierto los mentados cuerpos en otro paciente.